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Quizás el término “enólogo” sea inadecuado en el mejor de los casos, y narcisista en el peor. Los grandes vinos no se “hacen”. Son, más bien, un reflejo de su procedencia y de cómo su “creador” fue capaz de imprimirles su influencia. Cuando estoy solo en la bodega entre las barricas, con la pipeta en una mano y la copa en la otra, no puedo evitar catar de una forma que va más allá de simplemente “percibir” lo que me dicen mis ojos, mi nariz y mi paladar; me vuelvo verdaderamente consciente de lo que hay en mi copa, y formo parte de ello. Cuando percibo una nota hermosa o saboreo cierta fruta en un vino, no pienso: “este vino está terminado y es hermoso”, sino más bien: “¿en qué punto de su ciclo vital se encuentra? ¿Y cómo he guiado, cómo guío y cómo guiaré la vida entera de este vino y formaré parte de ella?”. Solo con este respeto puede un enólogo infundir alma a un vino. Un alma que refleja la temporada de cultivo, el patrimonio, el legado y una evolución incesante.
